la niña y el bosque X

capitulo I


capitulo II

CAPITULO III: UN NUEVO MUNDO

Las brasas palpitaban en el hogar, enrojeciéndose al paso de las corrientes de aire que se colaban por las grietas de la vetusta casa de Harukka. El crepitar de las llamas y la fuerte respiración de Angélica era lo único que rompía el mutismo. Austre, de tan silencioso, mas que dormido parecía muerto. Harukka, atento a cualquier rumor agudizaba todos sus sentidos mientras sujetaba con sus manos, carentes de algunos dedos y falanges, una pesada lanza de su época de soldado. – si entra alguien aquí, lo avío con esto antes de que de un paso- se decía, mirando a la puerta.

De repente, desde detrás de la escalera que daba paso a la única planta superior, surgió una joven. Muy morena y con los ojos marrones apareció sonriente, con los brazos cruzados y un gesto de suficiencia que pasmaron a Harukka. Un pinchazo después el granjero estaba muerto. Desde la sombra un dardo había cruzado la estancia hasta el cuello del viejo, al que sólo le quedó dejar fluir el veneno por su sangre. La joven cogió a la niña en brazos y salió por la puerta. – No mates al crío, quiero que Areb sepa que tenemos a su hija- le dijo Erdid a un hombre barbudo que salía de las sombras sonriente. Cuando Austre se despertó, salió corriendo de la casa en busca de Angélica, pero no había ni una huella que le indicara el camino. Arrodillado sobre los puntiagudos guijarros del suelo comenzó a llorar de rabia. Acababa de dejar escapar la única oportunidad de salvación de su pueblo. Ahora que estaban tan cerca.

El sol llevaba un par de horas trabajando cuando Angélica se despertó, mientras abría los ojos no se dio cuenta de que la cubierta de la cabaña era distinta, ni de que este lecho era bastante más cómodo y seguramente, más salubre. Pero cuando giró el cuello se dio cuenta de que las caras que le rodeaban no eran conocidas. Una chica la estaba mirando. Mostraba un rostro muy agradable:

- Buenos días Itzhier – le dijo Erdid a la niña, a la par que hacia un gesto para que las demás personas que estaban en la habitación se marchasen.
- Buenos días señora – contestó la niña, recordando los modales que le había enseñado su madre hacia tiempo ya.
- ¿Quieres desayunar? Puedes pedirme cualquier cosa, pero no me llames señora, que aún soy una niña, casi como tú. Me llamo Erdid – le explicó, mientras se acercaba a su cama, sentándose en una esquina
- ¿Y Austre? Preguntó Angélica
- Esta bien, pronto podrás verle – mintió- te traeré algo de pan con miel y un cuenco con leche- dijo Erdid mientras abandonaba la habitación, cerrando la puerta al salir.

Angélica comenzó a darse cuenta de que estaba ocurriendo algo extraño. Le extrañaba que Austre no se hubiese despedido de ella, y que ahora amaneciese en otro lugar. Tal vez esta gente fuese la que les estaba siguiendo por el bosque, gateando por la penumbra, reptando entre raíces.


Los obstáculos parecían servir de trampolín ante las piernas de nuestro joven, la maleza se abría para dejar paso a la velocidad endiablada de un Austre con la cara llena de latigazos espinosos, con unos ojos que no lloraban por no tener tiempo a ser secados -tengo que llegar al lago lo antes posible- se decía - Areb tiene que saber que Olferom tiene a su hija-. La carrera llegaba a su fin. Como Marathon estaba llegando a su destino, y aunque llevaba el corazón en la boca comenzaba a oír el ruido del poblado y los ladridos de un perro que detectaba su llegada y tal vez presagiaba las malas noticias.

- Ahora cuando te levantes vamos a dar un paseo en caballo- le dijo Erdid sonriente- vamos a una gran ciudad- añadió
- No sé montar a caballo - replicó Angelica
-No te preocupes, vendrás conmigo, tan solo tendrás que preocuparte en observar el paisaje- explicó Erdid- Vamos, que además te he traído ropas nuevas. Ese vestido tan extraño no es adecuado para transitar por el bosque
- Vale, pero hay que guardarlo, es un regalo de mi madre y ella sabe arreglarlo - añadió Angelica

Un gesto de incredulidad atravesó de forma imperceptible para Angélica el rostro de Ardid ¿Su madre? ¿De quien estaba hablando en realidad? Aparcó sus dudas durante un tiempo y ayudó a la niña a vestirse. El tiempo se echaba encima. Sólo doce días para el solsticio y aun faltaban muchas cosas por hacer.

La ruta comenzó sin más demora. Unos doce hombres componían la caravana principal, de la que se habían separado varios exploradores deseosos de evitar ningún peligro. En todo el grupo sólo había una mujer: Erdid, pero era ella la que tomaba las decisiones acerca de la rumbo más adecuado y el ritmo a llevar, lo que provocaba admiración en Angélica, que cándidamente se dejaba llevar, dejando atrás sus andanzas y penurias con Austre a través del bosque. Tras varias horas, arribaron en una granja, donde pararon a almorzar y descansar un rato. A Angélica no le resultó extraño la ausencia de los propietarios, que yacían desangrándose en el huerto trasero cubiertos de moscas.

Simultáneamente a esta parada pequeños grupos saltaban de Frelein, el pueblo que brotaba del lago con el objetivo de interceptar la caravana que llevaba secuestrada a Itzhier, la hija de Areb. Austre había traído escalofriantes noticias acerca de su inequívoco paradero. Los hombres de Olferom la tenían, y si no la habían asesinado ya, sin duda la estaban llevando hasta Veratim, dando una ultima oportunidad a la raza Mureid de deshacer sus errores y salvarse a si mismos.

A la noche, alcanzaron a una ciudad amurallada, Treinad, creyó oír Angélica que se llamaba, allí los hombres que la habían acompañado durante el viaje decían sentirse como en casa, y muchos de ellos cruzaron abrazos y besos con otros hombres y mujeres. La niña estaba asustada: toda esa gente que la señalaba y miraba, enseñándole los colmillos y gritándole. Cuando se apercibió del pánico que estaba pasando la niña en su regazo no tardó Erdid en cubrirle los ojos y taparle los oídos. Si la multitud le asustaba, ni se imaginaba el miedo que iba a pasar cuándo entrase en los cuarteles, donde iban a dormir esta noche -Pobre cerda- pensó.

Para sorpresa de Erdid Angélica no durmió esa noche en los calabozos, sino en una de las habitaciones de las hijas del Teniente, que la cedieron a regañadientes. Le costó dormia a la niña, pues recordaba los gritos de sus vecinos, pero durmió de un tiron, despertandose al traerle Erdid el desayuno a la cama.

Cuando se entró sola Angélica se reincorporó, y se levantó con el pie izquierdo, pisó el suelo con intención de no hacer ruido, caminó evitando las zonas astilladas, las grietas de la madera quebradiza, madera cansada de ser suelo, madera que quiere volver a ser árbol y sentir el latir de la sabia por sus venas de celulosa, madera celosa y cruel con los suaves pies de una niña que quiere escapar de un laberinto sin sentido. Madera delatora que retumba con el peso de una mosca.

- Ya se ha levantado. No tendrá apetito. Saldremos ahora- ordenó Erdid

El grupo se conducía a través de estrechas veredas, todos sobre lustrosos y oscuros caballos negros o pardos que guardaban silencio, como sus jinetes. Angélica viajaba en el regazo de Erdid, en un caballo de nombre “Apolo” con el que la niña conversaba en voz baja. Según pasaban las horas los hombres se mostraban más nerviosos, y en la cabeza de Erdid, que se mantenía serena, como las gigantescas hayas que rodeaban por el camino, resonaban canciones de viejas leyendas, cuentos de alcoba para asustar a los niños, que hablaban del monstruo del río Minh. El monstruo del río Minh.

Pararon a comer aunque muchos no comieron. Se hizo un fuego en el centro de un círculo, en el que se asó algo de carne de ciervo. Mientras Angélica comía con buen apetito Erdid afilaba su espada.

1 comentario:

la choni dijo...

has llamado una vez a Erdid: Ardid

me gusta el cuento, seguro que ni tú sabes como acaba